jueves, 4 de septiembre de 2014

En Órbita con Natalie Coughlin, nadadora estadounidense




“A veces es difícil ser la persona que todos quieren que seas”- Natalie Coughlin, nadadora y medallista olímpica para los Estados Unidos 

Hector H. Silva/Oscar Alvarenga

Natalie Coughlin es una de las nadadoras y atletas olímpicas más exitosas en la historia de los juegos. Doce veces en tres juegos olímpicos diferentes, ha nadado lo suficientemente rápido para subirse a un podio olímpico a reclamar una medalla. Tres de esas doce la medalla ha sido oro. La mujer a quien The New Yorker comparo con Michael Phelps por su éxito y sus habilidades en el agua, habla en exclusiva con Planeta Nueve.

¿Ha oído algo de El Salvador? 

Si. Mi hermana fue porque su novio tiene familia ahí, y me dijo que lo disfruto mucho.

El Salvador es uno de los países más violentos de América, pero aun así, se invierte poco dinero en deportes. ¿Qué rol cree que juega el deporte en la construcción de una mejor sociedad? 

Creo que el deporte es una parte muy importante del desarrollo de una sociedad, especialmente para la juventud. Hay muchas historias de gente que ha utilizado el deporte para salir de situaciones y lugares difíciles. El deporte le da a la gente motivación para trabajar hacia algo, una meta, algo.

¿Cree que es posible que un atleta llegue hasta donde usted está sin la ayuda adecuada de su gobierno?

Creo que es posible, pero es muy difícil. Yo empecé a recibir un estipendio para prácticas y equipo cuando califique al equipo nacional cuando tenía 15 años, pero no antes de eso. De hecho, los nadadores estadounidenses recibimos menos ayuda que los nadadores de muchos países europeos y algunos asiáticos, pero igual somos extremadamente competitivos. Creo que en mi caso, hubiera sido posible llegar hasta donde estoy, pero hubiera sido más difícil. La asistencia económica fue importante.

Como una nadadora elite tiene que practicar varias horas todos los días, y sacrificar mucho tiempo. ¿Que la motiva? 

Se lo afortunada que soy de poderme llamar una atleta profesional. Nadar es mi trabajo, y no mucha gente puede decir eso. Eso me motiva ahora, porque se lo afortunada que soy, pero cuando estaba más joven mi mayor motivación era conseguir una beca universitaria por medio de la natación. Quería poder pagar por la universidad, y luego ganar medallas.

Cuénteme una historia, o anécdota que la haya cambiado como atleta o como persona.

En 2008 cuando recibí mi medalla de oro en Bejín, fue un momento que marco toda la determinación y concentración invertida en el proceso. Mi competición era muy buena, de hecho mi record mundial se había quebrado la noche anterior. A veces es difícil ser la persona que todos quieren que seas. Logre mantenerme concentrada en mi objetivo, y lo logre.

domingo, 24 de agosto de 2014

Domingo 24 de Agosto: Migración



Un Mínimo Cambio Apenas, Disimulado

Hector Silva Hernández (*)

Algunos huyen de la pobreza, otros de la muerte, otros le huyen a la nada. Cuando vienen, conocen el frío de verdad; conocen la soledad, algunos; A la desigualdad se la encuentran diversificada y sofisticada. Ahora ya no solo son desiguales por su pobreza, ahora también lo son por su apariencia, su acento y su historia. A su llegada, muchas cosas cambian, pero muchas se quedan igual.

La “mejor vida” que buscan se materializa en un sótano, o si tienen suerte en un apartamento pequeño, en el que viven apretujados con otros quienes al igual que ellos, buscan ese futuro esplendor y esa posibilidad lejana de caminar erguido sin temor, como dice la canción de Ana Tijoux. Se materializa también en trabajar mucho por “poco”.  Ser salvadoreño en los Estados Unidos de América suele ser difícil.

Mi casa tiene aire acondicionado en el verano y calefacción en el invierno; Solo la comparto con mi familia. Tenemos un carro, y aun que mis padres trabajan todos los días para darnos esas comodidades y más a mis hermanas y a mí, sé que somos privilegiados, muy privilegiados en comparación a los salvadoreños que viven en Langley Park, la zona latina a veinte minutos de la que fue mi casa por cinco años antes de mudarme este otoño  a la Universidad de Massachusetts.

Mi vida no es la de un salvadoreño promedio en el área metropolitana de Washington, porque antes de venir, tuve una diversidad de oportunidades que mi país no le ofrece a muchos de sus hijos. Los conozco, porque fuimos a la misma escuela, jugábamos en los mismos equipos y comíamos la misma comida semi-congelada de cafetería escolar, pero sus historias no son las mías. Aunque todos fuimos a la misma escuela, basta entrar a los salones de las clases de “Nivel Avanzado”, y ver diez caras blancas, dos morenas y con suerte una o dos negras, para entender la desigualdad a la que la mayoría  jóvenes latinos se enfrenta cada día en este país. El mismo efecto funciona al revés cuando se entra a los salones de clases de “Nivel Básico” donde el color de las caras cambia drásticamente, al revés. Esa desigualdad tiene sus ventajas, para algunos. En este país, si un joven latino tiene notas que se consideran promedio para un joven blanco, se le felicita, y se le califica de excelente. Los profesores piden menos de los latinos, la escuela también, y las universidades hacen lo mismo. 

En cuanto a seguridad, el salvadoreño promedio tiene indudablemente mejores chances de sobrevivir en el norte que en su país. En muchos casos, a la hora de ser perseguidos, lastimosamente los chances de los migrantes no cambian; cambian los perseguidores y su naturaleza, pero nunca la persecución. Los que persiguen en el caso de los estados del sur estadounidense ya no son pandilleros, sino hombres uniformados, con placas, y pistolas en la cintura. En comparación con sus predecesores, el presidente Obama con su discurso conciliador y “justo” ha sido el mandatario que más salvadoreños ha deportado a estas alturas de su gestión. Los uniformados con placa no matan con sus armas a los que persiguen, solo los mandan de regreso a los reinados de los que si matan. Sin embargo, sería injusto no mencionar que eso no pasa en todo el país. Se podría decir que Maryland, por ejemplo, es un estado “seguro” donde las deportaciones no son tan comunes como en Virginia, a 30 minutos de distancia de la capital, o Arizona y Texas, estados sureños con un importante flujo de migrantes.

Este texto, por supuesto, no estaría completo sin hablar de la gran economía estadounidense de la cual nuestro país tanto se beneficia. En Estados Unidos un salvadoreño puede ganar cuatro veces más dinero haciendo lo mismo que hacía en El Salvador, aunque una casa decente también cueste cuatro veces más de lo que una casa igual cuesta en El Salvador. Esta economía que permite que El Salvador viva, consume a la señora que limpia casas, y al hombre que construye edificios, igual que en su país, pero está bien, no importa, como está escrito anteriormente, esas vidas se consumen por cuatro veces más capital. 

A mi Estados Unidos me trato bien, después de las inevitables burlas por mi acento, y mi apariencia extranjera, me fue amable. Luego de cuatro años en una escuela donde el tema de conversación cambiaba tan fácilmente del muchacho quien fue apuñalado en territorio escolar, a la victoria del equipo de futbol, aprendí mucho, mucho más de lo que creo pude haber aprendido académicamente en mi país. Esa escuela tan “diversa” como la llaman las autoridades del municipio, cuya población es 45% latina, me sirvió como modelo de como este país funciona en ciertos aspectos. Se dice que la escuela es diversa, por ejemplo, pero de ese 45% de “diversidad” menos del 7% toma clases de “Nivel Avanzado”. Aun con eso, sería injusto quejarme de mi experiencia en este país, que si bien ha sido difícil, ha traído muchas recompensas. Pero como dije al principio, mi vida no es la vida de un salvadoreño promedio en Estados Unidos, aunque estudiemos en el mismo lugar y vivamos a menos de media hora de distancia.

Para el Salvadoreño que reside en Langley Park, vivir en Estados Unidos es más seguro, porque si bien cada dos o tres meses las noticias hablan de masacres de decenas de personas en cines, universidades, o escuelas, es mucho menos probable ser extorsionado o asesinado en la calle por que sí. Es también más rentable económicamente trabajar en Estados Unidos que en El Salvador, porque aunque la vida sea mucho más cara, el dinero siempre será más. La desigualdad social es la única que no tiene matiz, porque esta tan presente aquí como allá. El cambio es abismal, indudablemente, pero al mismo tiempo, no lo es.

***

Ahora, los invito a leer a nuestra columnista invitada, Arelí Palomo, quien nos cuenta la historia de un puerto perdido y olvidado de nuestro país, en el cual todas las flechas  apuntan al norte. El miércoles, publicaremos un suplemento especial con una columna de un colaborador especial; un migrante salvadoreño y su historia. Finalmente, el sábado publicaremos nuestra entrevista exclusiva con Natalie Coughlin, medallista olímpica para el equipo de natación estadounidense, a quien The New Yorker comparó con Michael Phelps, el nadador más exitoso de la historia. 
  
(*) El autor es estudiante de comunicaciones en la Universidad de Massachusetts

Las historias perdidas de un puerto olvidado




Arelí Palomo (*)


Llevaba días tratando de comunicarme con Doña Mari, una mujer que vende comida en un puerto perdido y olvidado en el pacífico salvadoreño. La conocí hace un año cuando visitaba las costas fronterizas que sirven de catapulta para que los migrantes centroamericanos y de otros continentes logren llegar a territorio mexicano sin ser detectados por las autoridades. Aunque más peligroso, en ese momento bordear la costa en una lancha improvisada resultaba más efectivo que viajar por tierra. Llegué a este lugar siguiendo la pista de los migrantes que pasan por el mar, pero me alejé demasiado de la zona marítima fronteriza; andaba ya, un poco perdida; sin embargo, aquí me topé con algo más interesante: este puerto era un lugar violento, con una raquítica, casi anémica, economía agrícola y pesquera; una cínica explotación de recursos naturales; un fracasado proyecto de desarrollo, familias con parientes en Estados Unidos, personas migrando masivamente a Estados Unidos y un gringo loco con una escuela de surf en una de las playas más espantosas de estas costas. “Este es un lugar interesante para estudiar la migración internacional como resultado de la violencia estructural que han producido las políticas neoliberales” pensé. Me encontraba en un moderno caldero que produce ese tipo de refugiados que nadie quiere reconocer.

En uno de estos puertos violentos, llenos de coyotes, narcotraficantes de mediana escala, pandilleros, comerciantes y pescadores conocí a Doña Mari.

 Tenía tres meses que había caído enferma y no había podido irse a los Estados Unidos con sus parientes quienes ya la “habían mandado traer”; recuerdo muy bien sus palabras  “Desde que usted se fue, las cosas se han puesto peor, ya no aguanta la gente estar aquí, les piden renta hasta a los del mercado, fíjese que ya lo cierran a las dos de la tarde! No hay pescado, no hay trabajo y ya ni se puede quedar uno en la noche sentado afuera en la calle para quitarse el calor...”.

Ya que me encontraba en El Salvador de nuevo, decidí ir a ver a Doña Mari. Efectivamente, la situación del puerto era como ella lo describía. La diferencia es que hay lugares en los que todavía hay algo que hacer –aunque sea para mal vivir. En este puerto no, este es uno de los lugares en los que la posibilidad de la subsistencia, simplemente, se está acabando. La industria cañera ha contaminado los ríos y los esteros que rodean el pueblo y el pescado ha dejado de abundar. En el mar, sólo quienes tienen lancha y los grandes buques pesqueros alcanzan a sacar todavía un tanto de pescado; pero la pesca a la orilla, con atarraya y trasmallo, ya casi no deja nada, ni para comer, menos para vender. Los pescadores del puerto caminan durante una o dos horas, un poco menos si tienen caballo, buscando peces, jaibas y camarones en tramos del inmenso mar y esteros menos concurridos.

Algunos pescadores, tiempo atrás, comenzaron a robar camarón de las grandes camaroneras que se encuentran en los alrededores del pueblo y que acaparan tramos de los ríos. Durante algún tiempo lograron robar y vender el camarón hasta que los cacharon. La seguridad privada mato a unos y a otros los metió presos, cuenta uno de los que salieron de la cárcel.

Muchos de los chicos que hay aquí ya pertenecen a la pandilla más fuerte, la 18. Uno de ellos me platica, nervioso, cuantos han caído en la cárcel y en la tumba. Ninguno pasaba de los veintitrés, sólo los que están muertos. “No hay salida aunque uno quiera, mejor irse de aquí.” Eso me dijo antes de despedirse.

En este puerto hubo un suntuoso proyecto para construir una dársena artificial. El proyecto fue un gran fracaso, además de un escándalo internacional en el que hasta funcionarios de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) se vieron implicados;  fue un fraude millonario. Lo que resultó fue que “el mar se retiró” como me explicaba uno de los pescadores:

Aquí lo que pasó fue que cuando construyeron la dársena no vieron que la corriente siempre trae montones de arena. Parte de la dársena era como un muro y ahí se empezó a juntar y a juntar todo ese arenal. Y se juntó y se juntó y por eso ahora el muelle está seco, ya es parte de la playa.

Doña Mari estaba en su cama. Me platicaba que alrededor de las tres de la tarde el mercado cierra. “Ya fueron a dejarles un teléfono a los que tienen puesto ahí, piensan que tienen dinero, ya han asaltado el mercado tres veces y de día… no usted, ¿se recuerda cuando usted estaba aquí que a las diez- once de la noche todavía había gente en la calle? Ahora ya no, ahora ya no, ya a las ocho, usted se fijó, ya no hay nadie en la calle. Yo por eso le he dicho a mi hermana que sí me voy, ¿pero y mi casa? ¿Qué piensa usted?

Yo no tardé en responderle: En cuanto se recupere, váyase doña Mari.


(*) La autora ha trabajado con múltiples organizaciones relacionadas al fenómeno de migración en la región, y se encuentra haciendo trabajo de campo para investigaciones futuras.

domingo, 17 de agosto de 2014

En Órbita con Egly Larreynaga, Actriz de Teatro



“La idea era hacer teatro afuera del teatro”



Sus escenarios han cambiado, y su público también. Después de haber ejercido su profesión por años en Europa, regreso a su país para contar historias de personajes salvadoreños a su manera, en escenarios muy particulares. Actuó en una cárcel salvadoreña, y dirige una compañía de teatro integrada por mujeres que trabajan en mercados. Egly Larreynaga le cuenta a Planeta Nueve como paso de Madrid a Ciudad Barrios, y por qué.

Héctor H. Silva/Oscar Alvarenga



Me gustaría que me hablaras sobre tu compañía de teatro, tu motivación para empezarla ¿cómo nace la compañía y por qué?



Bueno, yo empecé a hacer teatro aquí en El Salvador a los veintitrés años y me toco ir a formarme a varios países, y ahí me quede en España. Volví en el 2010 con una obra de teatro que hablaba sobre migración. En ese momento yo tenía 6 años de no hacer teatro aquí en El Salvador y la verdad me impactó bastante la recepción del público acerca de lo que se estaba haciendo. En ese viaje además hicimos una obra infantil en el ISNA y entonces después de estar viviendo en España durante muchos años y estar haciendo teatro ahí, si que vi que aquí había como una necesidad urgente de hacer teatro, que el publico disfrutaba y que habían muchas historias que contar. Yo volví a España pero Marcela Zamora me invito al año siguiente a participar en el espejo roto que fue el documental que hice con ella trabajando con niños en entornos de pandillas, ahí en Soyapango.



Tus públicos en ocasiones son bastante peculiares. Siento que en El Salvador estamos acostumbrados a que los lugares en los que se puede ver teatro sean los mismos de siempre. ¿Cómo tomas tu ese paso de empezar a ir a hacer teatro al ISNA, a las cárceles?



Bueno mira la idea era sacar al teatro del teatro, es decir del edificio y llevarlo al público que generalmente no puede ir pero que se identificaba con las historias que íbamos a contar y así es como surge la idea de trabajar por ejemplo en el ISNA de llevarle el teatro a este montón de niños que están ahí, desgraciadamente encerrados. No les vas a solucionar la vida pero si los vas a hacer pasar un momento de dispersión, de entretenimiento.



¿Y las cárceles?



La idea de ir a las cárceles y otros lugares surgió de una necesidad que la obra que estábamos haciendo hablaba sobre enfermos mentales que también habían cometido un delito y por eso están presos, y porque también el otro año queríamos hacer una obra que hablara de pandillas.



Cuando yo vine aquí que trabaje con Marcela, venía por cuatro meses, pero ahí fue cuando yo me sumergí un poco ya en el mero Soyapango y empecé a ver las historias de esos niños y surge el proyecto de hacer una obra basada en esas historias, entonces a raíz de esto me fui quedando y quedando, y encontré a un grupo de cómplices, de amigas y amigos, que teníamos la misma necesidad de hacer teatro comprometidos con nuestra realidad y nuestro tiempo.



Egly, háblame un poco sobre la obra que presentaron en el penal de Ciudad Barrios.



Si esa fue, “Los más Solos”. Hablamos con Carlos Martínez (Autor del reportaje en el cual la obra se basa) y le dijimos que queríamos ir al lugar y que queríamos hablar con estas personas y nos dio la oportunidad de ir una ves y de ahí ya nosotros hablamos con la directora del pabellón psiquiátrico y nos permitió estar al dentro. Estuvimos viendo durante seis meses, hablando con ellos, compartiendo momentos, y yo que llevo vario rato haciendo teatro, era la primera ves que yo a mi personaje lo conocía, hablaba con el, lo veía, como se movía, como caminaba. Esa obra la hemos presentado en muchos espacios y para mucha gente y es la que mas nos ha funcionado, ya en México, Guatemala, Costa Rica, vamos otra ves al DF, nos han invitado a España por segunda ves y a Washington el otro año.



¿Por qué decidís regresar de España, e ir a estos lugares a los que la mayoría de gente no quiere ir, que tienen fama de ser peligrosos, sin glamour, y sin una industria teatral estable?



Yo después de volver a España, luego de haber actuado en el ISNA y después de haber escuchado unas cuantas historias adentro, cuando volví, que de hecho estrenamos una obra con mi compañía de allá, no lo halle mucho sentido. Pensaba ¿Qué estoy haciendo yo aquí haciendo teatro en España? En El Salvador, hay un montón de historias nuestras, que son salvadoreñas y que no están reflejadas en el teatro. Yo creo que construir un teatro salvadoreño es necesario, por que es necesario hablar desde una perspectiva salvadoreña y dentro de toda esa amalgama si que me interesaba con “los de abajo” y las personas marginadas. Encontré amigas y cómplices que también compartían mi interés y ahí fue cuando tome la decisión de quedarme aquí en El Salvador, porque me gustaba, me llenaba. En España yo podía hacer un tipo de teatro que puede funcionar y tenes éxito, y profesionalmente hay una industria mucho más grande, pero creo que aquí en El Salvador si se podía hacer historia dentro del teatro salvadoreño.



¿Y así se forma tu compañía de teatro?



Si, así es como se formo, además actualmente trabajo con dos compañías, “Teatro del a Azoro” que es del que te estoy contando y otro grupo que dirijo que se llama “La Cachada Teatro” que son mujeres que trabajan en los mercados.



¿Qué es “La Cachada Teatro”?



Son mujeres vendedoras de los mercados y de las calles, con las cuales me puse en contacto por medio de CINDE, una ONG que las ayuda. A mí se me ocurrió plantearles un taller de teatro para estas mujeres. Al principio no iba nadie, pero de pronto empezó a ir una, luego otras, y se quedaron unas pocas que [ahora] son siete mujeres con las que vengo trabajando desde hace unos años e hicimos una obra llamada “algún día” que esta basada en sus historias de vida.



¿En qué proyectos estas ahorita? Y ¿Cuáles son tus planes a futuro?



Pues ahorita estamos con El Azoro. Hemos hecho una obra que se llama “Made in El Salvador” que hemos estado trabajando el año pasado en Santo Tomas, porque hemos encontrado una mezcla de teatro entre trabajo de campo y luego a partir de ese material se crean las escenas, entonces para esta obra hemos estado trabajando en Santo Tomas con las mujeres que trabajan en las maquilas. También estoy  con esta obra de “Los más Solos”, si que nos ha ido bastante bien. Ahorita en lo que estamos es que ya en Agosto nos vamos al DF a presentarla y luego cuando volvemos estamos aquí un mes más y en Octubre nos vamos un mes una semana de gira a España.



¿Cuáles crees que son las características que tienen las obras que ustedes han estado presentado con estas señora del mercado, en la cárcel, que hacen que sean especiales, es decir del “teatro fuera del teatro”?


Creo que primero que nada que parten de una realidad nacional y hablan de historias de gente que está excluida y marginada. Creo que lo que hemos hecho es llevar a esta gente, presentar en los teatros y decir esto somos… y luego presentar a la gente que son como protagonistas de nuestras historias para que también vean sus propias historias. Las mujeres que han visto en Santo Tomas la obra de “Made in El Salvador”, por ejemplo, pues ellas por primera se vieron en escena y sienten que sus historias son importantes. Cuando las mujeres del mercado también me decían que ellas creían que sus historias no importaban y que a la gente no le iba a importar, y luego ven que la gente les aplaude o que la gente las conoce; entonces yo creo que se dan cuenta que tenemos muchas historias interesantes por todos lados y además historias que a veces no queremos ver, pero que merecen que las veamos y las reconozcamos.

domingo, 10 de agosto de 2014

Domingo 10 de Agosto: ¿Qué piensan los jóvenes salvadoreños de su país?

Pequeño País, Gran Hacienda

Oscar Alvarenga (*)

En nuestro mundo moderno a veces cuesta trabajo pensar la relativa juventud de nuestro sistema actual.

No se cumplen ni siquiera 200 años desde aquel 15 de septiembre de 1821 cuando luego de una ardua batalla por lograr la independencia, un pequeño territorio en Centro América lograba quitarse al fin sus cadenas. Inspirados por los héroes de Francia, nuestros lideres formar una nación con total autonomía, libre de la poderosa España de aquello tiempos. Nace finalmente, la República de El Salvador.

A nuestro pequeño país le ha tocado soportar abuso por siglos ya, a veces extranjero, a veces doméstico. Primero, los colonizadores, quienes hicieron con El Salvador lo que quisieron, mientras inflaban su bolsillo en nombre de España. No había forma de salvarse de aquel sistema de robo y abuso, puesto que ellos imponían sus reglas para que los nativos produjeran sus bienes, derivados de la explotable tierra. Nuestro pequeño país, que aún debía soportar más, no tenía idea lo que venia por delante.

Quisiera preguntarle a los padres de la independencia, ¿Fundaron la patria con amor o con interés? Pero no, por que no es posible señalar a unos pobres hombres de todas las deficiencias de un Estado.

El Salvador, desde su fundación se cimentó sobre los hombros de unas cuantas familias, solo unas cuantas personas de entre millones de compatriotas que lograron hacerse con lo que los Españoles antes poseían, el poder económico y social sobre el territorio.

Pareciera a veces, que estamos viviendo la misma historia, con la única diferencia que los colonizadores y los indígenas, esta vez comparten nacionalidad e idioma. ¿Será que el único cambio, al firmar la independencia fue que dejamos de ser una colonia de la cual se beneficiaban algunos españoles para pasar a ser una nación de la cual se benefician unas cuantas familias?

Es insostenible, para un país, utilizar el modelo de pirámide invertida que El Salvador ha adoptado. Abajo, las familias prácticamente dueñas del país, sosteniendo todo, pero al mismo tiempo, quedándose con todo; y arriba, las familias obreras, de las cuales la parte baja, y media de la piramide se alimentan. Prueba de esta insostenibilidad es nuestro sistema express de exportación de pobres. Decenas de miles de personas dejan su querido El Salvador cada año, por que este no tiene nada que ofrecerles, o quizás si, pero esta ocupado por la punta de la pirámide.

El problema, no es solo la insostenibilidad del modelo económico, sino sus repercusiones sociales. Al igual que hace un par de siglos, esta élite no solo controla la economía nacional; también por consecuente, controlan la política, la seguridad publica, la gobernabilidad. Todo. Suena muy parecido a la vida antes de 1821.

La interrogante de esta reflexión es la siguiente ¿vivimos en un pequeño país o en una gran hacienda destinada a hacer dinero? Por suerte ningún sistema es definitivo y como sociedad tenemos el poder para cambiarlo antes de que sea demasiado tarde y todo lo que hemos construido colapse. De nada servirá quedarnos sentados esperando que nuestro gobierno arregle todo, ya que nosotros somos la parte más importante de nuestro gobierno, aún que a veces a lo gobernantes eso se les olvide.

(*) El autor es coordinador de Planeta Nueve

Construyendo el país más grande del mundo

Elsy Montenegro (*) 

En el año 2008 vendí todo lo que tenía y me fui a vivir a Madrid. Quería conocer el mundo, escapar de lo “habitual”, tener la oportunidad de vivir en un país “diferente” al mío. Lo cierto es que cuando tomé el avión hacia mi nueva vida, no tenía muchas cosas claras, lo único que sabía en ese momento era que no quería regresar.

Yo de cierta manera experimenté alguna vez lo que muchos jóvenes sienten en este momento: impotencia, dolor, enojo, miedo, etc. por eso no puedo culpar a aquellos que se sienten frustrados por ser salvadoreños.

Lo más importante que he descubierto de mi país, es que necesita líderes. Gente que se comprometa a hacer grandes cosas por él sin esperar nada a cambio. En comparación con otros países, El Salvador tiene muchísimas carencias, pero eso puede ser una buena noticia, ya que las buenas iniciativas brillan mucho más.

El Salvador necesita hijos que lo quieran como es, pero que al mismo tiempo se comprometan a sacarlo adelante; que critiquen la realidad, porque el pensamiento crítico es indispensable para señalar todo lo que pueda mejorar, pero que sean igualmente activos para proponer y ejecutar proyectos ambiciosos para un país que aún no se recuerda en el mapa.

Qué oportunidad la que tenemos todos los salvadoreños por haber nacido en un pais que necesita ideas, pero no cualquier tipo de ideas; El Salvador necesita ideas que entusiasmen a otros, que despierten a los líderes que están dormidos, ideas contagiosas, frescas, nuevas, honestas… En un país como el nuestro, con sólo una buena idea, y voluntad, se puede marcar la diferencia.

Cuando nació la iniciativa de reunir talento salvadoreño para hacer algo por nuestra tierra, le pusimos un nombre a esa idea: Colectivo País. Un grupo de jóvenes profesionales en diferentes áreas de la comunicación que cada día se abren espacio y que con su trabajo ponen en alto el nombre de El Salvador. Lo que nos motivó fue un reto. Quienes hemos adoptado esta causa nos preguntamos ¿hay más talento creativo afuera, que aquí en El Salvador? Y la respuesta fue fuerte y clara : NO.

A Colectivo País se sumaron líderes que a su vez, inspiraron a otros líderes como ellos. Fue un efecto bola de nieve que logró contagiar a miles de personas en muy poco tiempo; nos dimos cuenta que los salvadoreños necesitábamos una razón para estar unidos. Pero esto solo es una idea. Necesitamos más.

Una buena idea puede provenir de cualquier parte, porque nadie tiene el monopolio de la creatividad, al contrario, todos los salvadoreños estamos invitados, cada día, por nuestras cirunstancias a ser creativos.

Si cada uno de nosotros nos comprometemos a sacar adelante a nuestro país, actuando desde el lugar que nos corresponde, entonces estaremos construyendo el país más grande del mundo.

Después de un año de vivir en España decidí regresar, no me tomó mucho tiempo darme cuenta que es aquí donde quiero vivir. El Salvador se merece más de nosotros, y estamos dispuestos a sacarlo adelante por una razón: porque nacimos en el lado positivo del mundo. 

(*) La autora es directora de Colectivo País

sábado, 9 de agosto de 2014

El Salvador: Una mirada muy desde el Sur

Héctor Pacheco (*)

Buenos Aires – Ver a nuestro país desde afuera hace pensar demasiado. Desde Suramérica es posible caer en la cuenta que, en realidad, somos un país demasiado pequeño para la cantidad de problemas que tenemos.

Tristemente, El Salvador es un nombre desconocido para la mayoría de suramericanos y lo poco que se sabe de nosotros es que somos parte de la región más peligrosa del mundo, que somos del grupo de países más pobres del continente y que nos encontramos aislados entre dos bloques territoriales que piensan diferente.

La sensación que queda al compararnos con el resto de países de la región puede ser bastante pesimista. Pero, a pesar de las enormes diferencias entre nuestro pequeño El Salvador y las naciones de América del Sur, es posible encontrar algunas coincidencias: la pobreza y la desigualdad son parte de la cotidianidad, la búsqueda del desarrollo es una incesante tarea y la tradicional manera de hacer política es cuestionada por la mayoría de ciudadanos.
Quizás por mero idealismo, lo anterior obliga a pensar: ¿qué hacer para cambiar las cosas?

Bajo estas condiciones –que describen casi a cabalidad la realidad salvadoreña–ha crecido toda una generación de jóvenes, que han comenzado a expresarse desde todos los ámbitos. Esta generación sabe reconocer que cosas no se han estado haciendo bien y muchos de estos jóvenes han decidido intentar cambiar las cosas desde su propia realidad. 

Grandes movilizaciones estudiantiles a favor de la educación en Chile, impresionantes manifestaciones para reestructurar la inversión pública en Brasil, el nacimiento de un partido político basado en la participación ciudadana en redes sociales en Argentina; este nuevo dinamismo que impregna las sociedades suramericanas es el que se necesita en El Salvador. 

No hay duda que poco a poco ha comenzado a impregnar a los jóvenes salvadoreños más críticos, que ya sea por su formación académica o por la dura realidad en la que se encuentran, desean hacer algo para mejorar las condiciones en las que viven demasiadas personas. Han nacido organizaciones juveniles de todo tipo, que van desde el desarrollo artístico hasta la construcción de viviendas o la promoción religiosa, pasando por otras – más novedosas- con objetivos políticos más claros. Sin embargo, los esfuerzos aún son muy tímidos. 

A diferencia de Argentina, por ejemplo, en donde la militancia partidaria es casi generalizada, nuestra nación ha generado muchos anticuerpos a la participación y organización de todo tipo. Puede ser esto uno de los legados indirectos de la guerra civil, pero uno de los que más han incidido en nuestra sociedad, porque a pesar que la participación política o social fue algo que imperó en el país en las últimas décadas del siglo pasado, es algo novedoso para la actual generación de jóvenes. 

Aunque los jóvenes salvadoreños han demostrado autenticidad en sus afirmaciones y principios, a través del diálogo entre organizaciones, la elaboración de propuestas desde la ciudadanía y la producción de nuevos liderazgos; no será posible concretar una transformación de la política, de las injusticias y de la realidad, si no se comienza a buscar verdaderos mecanismos de incidencia en la toma de decisiones, en cualquier de sus ámbitos, ya sean político-institucionales o desde la sociedad civil. 

Se ha comenzado a tener voluntad, pero aún faltan acciones claras, decididas y sobre todo provocadoras hacia nuestros actuales líderes. Se sabe que el diálogo y los difíciles consensos son la base para pensar en un El Salvador diferente. Pero, aún no hemos podido motivar a más jóvenes a cambiar su realidad, a acercarse a las necesidades de la población más necesitada y a atreverse a tratar de solventarlas.

Como país, nuestro mayor orgullo son los Acuerdos de Paz, por el simple hecho que para poder buscar una solución a las necesidades nacionales decidimos ponernos de acuerdo. Ahora, el reto de nuestra generación es volver a los problemas de la gente en temas de interés político, buscando nuevos acuerdos nacionales, más inclusivos, para poder comenzar a ver a El Salvador con otros ojos; más esperanzadores.

(*) El autor es estudiante de políticas publicas en Argentina

domingo, 3 de agosto de 2014

En órbita con Alejandrina Castro, diputada de ARENA



“Pienso que la corrupción debe ser corregida venga de donde venga, sea o no sea de mi partido”

Una de las parlamentarias más jóvenes del partido de oposición, quien recientemente ha estado en el ojo público por su rol como secretaria de la Comisión de Relaciones Internacionales de la Asamblea Legislativa, habló con Planeta Nueve sobre su juventud, sus inspiraciones políticas, y por supuesto, sobre el ex presidente Francisco Flores.

Héctor H. Silva/Oscar Alvarenga

¿Cuál es su frase favorita y quién la dijo?

Entre mis frases favoritas podría mencionar una de Ronald Reagan que dice: "La democracia no está más lejos que una generación de poder perderla." Y se refiere a transmitir los valores democráticos a las nuevas generaciones y a repetirlo.

¿Ronald Reagan dijo esto en la década de los 80?

Sí.

¿Quién es su personaje político favorito? 

Son varios, pero sí de algún personaje pudiera hacer mención es Margaret Thatcher por  haber sido una mujer que rompió barreras y que admiro mucho.

¿Cuál fue el último libro que leyó?

El último libro que leí... Mire, llevo a medias "La revolución del Atlas”, no lo he terminado todavía jajaja.

¿Prefiere el mar o la montaña?

Mil veces el mar.

En los años 60... ¿Hubiera preferido usted vivir en Berlín del este o del oeste?

En Berlín en democracia.

¿En democracia? 

En democracia, claro.

Cuando usted tenía 18 años ¿Qué pensaba de nuestros diputados?  ¿Era lo que quería hacer?

Esta pregunta es bien interesante, siempre tuve una conciencia social y el deseo de servir, y si me veía algún día como diputada. El concepto que tenía de los diputados era más que todo en la parte técnica y en qué consistían sus funciones. Sin embargo, creo que la opinión generalizada de la función pública, especialmente de los diputados, no está bien vista y nuestra responsabilidad como nuevas generaciones es empezar a generar los cambios y una nueva forma de hacer política.

¿Y por qué cree, que no está muy bien visto?

Ha habido muchos casos que han decepcionado a la ciudadanía, lastimosamente esto se generaliza, y obviamente cuando se utiliza la política no para servir sino para servirse se tienen esas consecuencias. Ahora, es más fácil el tráfico de información y la ciudadanía se entera de todo lo que hacen y dejan de hacer los diputados. Y nuestra responsabilidad es generar los cambios necesarios para que esto vaya cambiando.

¿Práctica algún deporte?

Hubo un tiempo de mi vida que estuve haciendo natación sin embargo, creo que el deporte es necesario y trato de ejercitarme constantemente para mantener no solo la mente, sino también el cuerpo activo.

En menos de 10 años en el partido ARENA un ex presidente ha sido expulsado (Antonio Saca) y otro es fugitivo de la ley por supuestamente malversar fondos públicos (Francisco Flores) ¿Qué piensa sobre eso?

Pienso que la corrupción debe ser corregida venga de donde venga, sea o no sea de mi partido. Si alguien es culpable debe de pagar por los ilícitos cometidos, en este caso el señor Francisco Flores.


domingo, 27 de julio de 2014

Domingo 27 de Julio: Juventud, Violencia, e Impunidad

Por que Fernando, y no yo


Héctor H. Silva (*)

Él era salvadoreño, como yo. Nuestra diferencia de edad era de poco menos de un año. Los dos compartíamos el gusto por el fútbol, solo que él lo jugaba mejor que yo. Los domingos, él iba a catecismo. El domingo 6 de julio, no fue porque en su casa había dinero para el pasaje, pero no para el almuerzo, entonces llevó a pastar el ganado de su familia. Él vivía en Armenia, Sonsonate. Yo siempre viví en San Salvador y solo me subí en buses cuando iba con mi abuela a su casa en Ilopango. A él lo mataron.  Yo solo leí la noticia del asesinato.

A Fernando Adalberto Mira le quitaron la vida unos supuestos pandilleros con siete impactos de bala, un día antes de su decimo-séptimo cumpleaños. Su delito: ser joven y quizá cruzar una de las tantas fronteras invisibles con las cuales los pandilleros se han repartido El Salvador.

Él no era pandillero. La nota del periódico dice que era el delantero estrella de tres o cuatro equipos amateur de la zona, que era buen hijo y una buena persona, pero en El Salvador eso importa todo y nada. La esperanza de vida de un joven salvadoreño depende de su condición económica. Por ejemplo, sus talentos y cualidades, que podrían salvarlo de la muerte, solo importan si su familia tiene los recursos económicos para desarrollarlos.

Fernando pude haber sido yo, pero no fui yo porque desde el día en que nacimos salvadoreños, ambos teníamos caminos diferentes trazados; caminos trazados por una sociedad y un estado incapaces de ver más allá del dinero, las influencias y el estrato social.
Lamentablemente, estoy casi seguro que si él estuviera vivo, no hubiera tenido la oportunidad influir en las políticas de seguridad que lo afectarían a él y a su familia. Él nunca hubiera tenido la oportunidad de escribir una columna de estas. Y al fin, ese es, como estado y sociedad, nuestro segundo problema. No solo marcamos y trazamos el camino de vida de una persona desde su nacimiento por sus recursos económicos y su posición social, sino que también nos sentimos libres de tomar todo tipo de decisiones por ellos, sin preguntar.

Me pregunto qué diría la madre de Fernando, o los padres de David, el niño de 10 años a quien desmembraron porque sí, o los familiares de quienes murieron quemados en el micro-bus en Mejicanos sobre la aplicación de justicia en su “país”-que es no es el mismo país donde vive el funcionario público en la entrevista de las seis-. No importa, probablemente nadie se los va a preguntar; no hacerlo a mi juicio es un error. Deberíamos  tomar en cuenta y dedicar más atención a lo que tienen que decir las personas afectadas por la violencia.

No podemos como sociedad y país, asignarle a la gente su destino desde que nace basado en dinero y apellidos, y de paso, tomar las decisiones, y hablar de todo lo que les afecta, sin tomarlos en cuenta.

Mientras yo escribo sobre la vida y la muerte de Fernando, miles como él y como yo, ahora están enterrados. Quién sabe si solos o acompañados. Así nos dejo El Salvador, lejos; A él, y a los más de 2,000 que van este año, muertos, y a nosotros preguntándonos por qué los mataron.

Planeta Nueve es un nuevo espacio de debate, para todos. Espero, como editor de este blog, algún día tener el honor de contar con un colaborador como Fernando. Alguien que sepa de lo que está hablando, y a quien realmente le importe lo que dice.

Cada dos semanas, diferentes editores propondrán temas para discutir e invitarán a dos colaboradores para hablar sobre dicho tema. Este domingo, hablamos de jóvenes, de violencia y de impunidad, que lastimosamente, en nuestro país, parecen estar atados porque sí.

Los invito a leer las próximas dos entradas. El Liberalismo del Psyco, de Juan Martínez, quien desde su perspectiva antropológica explica las motivaciones de un joven salvadoreño para convertirse en pandillero, y La Impunidad, una Vieja Conocida, de Gracia Avilés, quien como estudiante de derecho, analiza, por medio del caso Katya Miranda, la longevidad de la impunidad salvadoreña, y los efectos que esta ha tenido en en nuestra sociedad.

(*) El autor es estudiante de comunicaciones en la Universidad de Massachusetts

El Liberalismo del Psyco

Juan José Martínez D'Aubuisson (*)

La gente que habita la Coyotera vive con  miedo. En un primer momento de los coyotes. Dicen que estos cánidos  llegan en manadas asesinas y que uno solo de ellos tiene la furia de 15 perros, de los perros más bravos, y que  por la noche merodean en los cerros desolados en busca de tunantes y viajeros perdidos para devorarlos. También dicen que los coyotes se meten en los patios y se comen las gallinas y los patos. Es un lugar peligroso la Coyotera de Quezaltepeque. Sin embargo nadie nunca ha visto un coyote, y de todos mis informantes que viven ahí  ninguno ha conocido nunca a alguien que si haya visto un coyote. Lo que si hay son moscas, miles de moscas que vuelan por doquier durante el día y que solo cesan su molesto aletear por las noches, cuando son sustituidas por un enjambre de zancudos hambrientos. A estos la gente ya no les teme, al menos no tanto como a los coyotes, quizá ya estén acostumbrados.


 En este cerro no llega el agua y por supuesto no llega la luz eléctrica, y si de que no haya se trata, tampoco hay sistema de aguas negras, ni servicio de recolección de basura, ni alumbrado público. Lo que la coyotera tiene no se diferencia mucho de lo que tuvieron los cerros que albergaron a los primeros homo sapiens hace 100 mil años. Mucha de la gente que vive ahora acá fueron reubicados de otros lugares igual de miserables y el Estado les adjudicó un pedazo de tierra en este cerro en donde ellos debían arreglárselas para hacer crecer una casa o al menos un refugio. Hasta ahí llegó el Estado, luego se retiró y solo vuelve a aparecer de vez en cuando  en forma de patrulla de la policía o en forma de soldados encapuchados en busca de delincuentes.

En la coyotera la gente no tiene dinero, apenas reúnen cada mes para no morir de hambre. Algunos venden frutas y verduras en el mercado del municipio, otros esperan que sea tiempo de cosechas y se ofrecen para trabajar en las milpas o los frijolares por 4 dólares el medio día.  En la casa de Milton  tres o cuatro días del mes no comen más que frutas robada de algún árbol o agua hervida con sal y alguna hierba silvestre. Lo que gana la madre de Milton no es suficiente para comer todos los días, mucho menos para comer todos los días tres veces.

En la coyotera no hay servicios de salud. Si alguien tiene una emergencia  deben caminar durante tres horas para llegar a un sitio donde llega bus, y de ahí viajar hasta el centro del municipio por calles solitarias y pedregosas. Todo es pobre acá. El Estado no tiene más instalación que un par de postes de alta tensión que llevan cables hacia otro lugar y una escuela maltrecha gobernada por un director déspota que abusa impunemente de las chicas y da tremendas palizas a los chicos. A este lugar  los niños y los jóvenes deben caminar por caminos de mulas llenos de polvo si es verano o llenos de barro si es invierno. Esto los que estudian; apuntemos que  la coyotera está repleta   de desertores del sistema escolar que deambulan como un ejército de vagabundos  por los montes en busca de alguna fruta o gallina que robarse. Mientras más se adentra uno en la Coyotera más parece que no hay esperanza.

Acá nació Milton. El no conoció a su padre, su madre lo crio a él y a su 5 hermanos sola. Sin ayuda de nadie. Milton estudió hasta tercer grado, luego su madre le puso un canasto en la cabeza y se lo llevó con ella a vender fruta y verdura para poder darle de comer a sus hermanos. Jamás alcanzó para comprarle zapatos a Milton, así que iba por los caminos con unas sandalias de hule que en realidad eran  de mujer. Nunca hubo  nada para Milton acá. Si el  moría, como murió su hermana de tres meses de nacida, no sucedería nada. Quizá nadie, a parte de su madre y sus hermanos y hermanas, lo hubiese notado. Quedaría como un bulto desconocido enterrado en el cementerio municipal de Quezaltepeque. A él nunca lo dejaron jugar, era el mayor y tenía que trabajar así que no tiene amigos en la Coyotera ni conoce un lugar más lejano que el mercado del centro del municipio.  En términos prácticos Milton ya está muerto. Socialmente muerto, nació así. Ni el Estado ni la sociedad tuvimos nada para Milton. No tiene nada que agradecernos.

Sin embargo en la Coyotera hay un grupo de muchachos poderosos. Son miembros de una de las pandillas más grandes y más antiguas del mundo, el Barrio 18 o Eigtheenth street. Fundada en un lugar muy lejano y muy distinto a la Coyotera mucho muuucho antes que estos muchachos nacieran.  Estos chicos son temidos y respetados por todos. Mantienen una guerra-juego con sus enemigos de la Mara Salvatrucha 13 que no están muy lejos de acá.  Milton, como todos los chicos de este cerro empobrecido, tuvo  dos opciones: Seguir siendo quien era, es decir nadie, seguir paseándose con sus sandalias de hule y su existencia desnutrida a merced de los mosquitos, la enfermedad y la pobreza, o acercarse a los miembros del Barrio 18. Milton escogió lo último. Los dieciocheros Le pidieron  su nombre, común y sin importancia, y le dieron  uno genial que suena extranjero, al norte, Se llamará Psyco y cuando el Psyco camina, los demás deben bajar la mirada.  Ahora  el Psyco no tiene que pagar por lo que quiere, puede tomar lo que necesite. Se acabaron las calurosas faenas, ahora el Psyco puede ganar en un día de extorsión  lo que ganaba en una semana siendo Milton y trabajando en las milpas o vendiendo fruta y verdura con su mamá.  

Las chicas ahora saben quién es el Psyco y quieren estar con él. A su madre nadie le levanta chambres ni la insultan…. Nadie haría eso con la madre del Psyco.  Adiós a las sandalias de mujer. Ahora usa zapatos blancos de marca, no una marca muy cara, pero de marca al fin y al cabo.  Milton no tenía enemigos, nunca llego a ser tan importante para alguien como para considerarlo una amenaza. Al Psyco lo buscan varios para matarlo. Tiene de enemigos a toda una pandilla enorme llamada Mara Salvatrucha 13. Si estos lograran matarlo, sus homeboys lo llorarían y le harían homenaje. Pintarían su nombre en las paredes del municipio y en las piedras y arboles de la Coyotera  (acá no hay paredes que pintar). Llevarían su nombre tatuado para siempre sobre sus cuerpos. Esto para alguien que ya nació muerto es atractivo, es necesario. Al Psyco lo pueden capturar los policías y meterlo por años a un horrible penal. Esto nos asusta a nosotros, pero no a él. La casucha en la que creció no era muy distinta, el catre que compartió con sus hermanos era  quizá menos cómodo que el que tendrá adentro.

A este muchacho el Estado y la sociedad, o sea nosotros, le pedimos que nos tenga compasión, que no nos ataque, que no nos quemen vivos. ¿Acaso tuvo compasión de él el  señor que lo violó en una vereda cuando era niño y vendía fruta para mantener a sus hermanos? Le pedimos que se conforme con trabajar de peón y morirse de hambre, le decimos que tenga una vida honrada, recta y le llamamos tonto y descarrilado por meterse a la pandilla. Además le pedimos a nuestro gobierno que lo asesine, que se apruebe la pena de muerte, que lo aprese y lo encierren en calabozos macabros (como son los todos los penales salvadoreños).  En todo caso, para perdonarle su tremendo error de ser pandillero, le pedimos que se sumerja en la lógica capitalista y que se pudra en una maquila por el resto de su vida. Le pedimos a Milton que se crea la patraña de que “quien se esfuerza y le pide a dios sale a adelante”.  Nuestro Estado responde que está haciendo cosas, de hecho ahí mismo, cerca de la Coyotera tuvo un pomposo programa de “prevención comunitaria de la violencia” financiado por no sé cual país de Europa  que consistía en donar un par de pelotas y organizar partiditos de futbol… Milton nunca pudo ir porque tenía que trabajar. En el caso de haber ido seguro no cambiaba nada. Salvo un número más en los informes de los financiadores y uno o dos dólares menos para la cena de su casa.

En realidad la decisión de Milton es lógica, tiene sentido. De hecho esta decisión camina sobre las reglas liberales más básicas de occidente, que nos dicen que debemos tomar decisiones en función de nuestro beneficio y del incremento del bienestar personal. Pues bueno Milton lo hizo. 

Mientras el Psyco a fuerza de terror y barbarie va matando lo que queda de Milton, nosotros continuamos con nuestra hipocresía frenética  pidiéndole a Milton que se “reinserte”, que se “rehabilite”  es decir que vuelva a ser parte productiva de la sociedad ¡que vuelva a ser pieza importante de nuestro engranaje social!.... como si alguna vez lo hubiese sido, como si lo hubiésemos dejado serlo.

La Coyotera sigue igual y estoy seguro que no cambiara gran cosa en los otros 100 mil años, la gente sigue temiéndole más a los coyotes extintos que a las devastadoras epidemias que cargan en su vuelo las moscas y los zancudos. Le temen más a los furiosos cánidos imaginarios que a la jauría de muchachos frustrados y desamparados que tomaron una decisión lógica, inteligente y liberal.  

(*) El autor es antropólogo, y ha estudiado el fenómeno de pandillas en El Salvador.