domingo, 27 de julio de 2014

El Liberalismo del Psyco

Juan José Martínez D'Aubuisson (*)

La gente que habita la Coyotera vive con  miedo. En un primer momento de los coyotes. Dicen que estos cánidos  llegan en manadas asesinas y que uno solo de ellos tiene la furia de 15 perros, de los perros más bravos, y que  por la noche merodean en los cerros desolados en busca de tunantes y viajeros perdidos para devorarlos. También dicen que los coyotes se meten en los patios y se comen las gallinas y los patos. Es un lugar peligroso la Coyotera de Quezaltepeque. Sin embargo nadie nunca ha visto un coyote, y de todos mis informantes que viven ahí  ninguno ha conocido nunca a alguien que si haya visto un coyote. Lo que si hay son moscas, miles de moscas que vuelan por doquier durante el día y que solo cesan su molesto aletear por las noches, cuando son sustituidas por un enjambre de zancudos hambrientos. A estos la gente ya no les teme, al menos no tanto como a los coyotes, quizá ya estén acostumbrados.


 En este cerro no llega el agua y por supuesto no llega la luz eléctrica, y si de que no haya se trata, tampoco hay sistema de aguas negras, ni servicio de recolección de basura, ni alumbrado público. Lo que la coyotera tiene no se diferencia mucho de lo que tuvieron los cerros que albergaron a los primeros homo sapiens hace 100 mil años. Mucha de la gente que vive ahora acá fueron reubicados de otros lugares igual de miserables y el Estado les adjudicó un pedazo de tierra en este cerro en donde ellos debían arreglárselas para hacer crecer una casa o al menos un refugio. Hasta ahí llegó el Estado, luego se retiró y solo vuelve a aparecer de vez en cuando  en forma de patrulla de la policía o en forma de soldados encapuchados en busca de delincuentes.

En la coyotera la gente no tiene dinero, apenas reúnen cada mes para no morir de hambre. Algunos venden frutas y verduras en el mercado del municipio, otros esperan que sea tiempo de cosechas y se ofrecen para trabajar en las milpas o los frijolares por 4 dólares el medio día.  En la casa de Milton  tres o cuatro días del mes no comen más que frutas robada de algún árbol o agua hervida con sal y alguna hierba silvestre. Lo que gana la madre de Milton no es suficiente para comer todos los días, mucho menos para comer todos los días tres veces.

En la coyotera no hay servicios de salud. Si alguien tiene una emergencia  deben caminar durante tres horas para llegar a un sitio donde llega bus, y de ahí viajar hasta el centro del municipio por calles solitarias y pedregosas. Todo es pobre acá. El Estado no tiene más instalación que un par de postes de alta tensión que llevan cables hacia otro lugar y una escuela maltrecha gobernada por un director déspota que abusa impunemente de las chicas y da tremendas palizas a los chicos. A este lugar  los niños y los jóvenes deben caminar por caminos de mulas llenos de polvo si es verano o llenos de barro si es invierno. Esto los que estudian; apuntemos que  la coyotera está repleta   de desertores del sistema escolar que deambulan como un ejército de vagabundos  por los montes en busca de alguna fruta o gallina que robarse. Mientras más se adentra uno en la Coyotera más parece que no hay esperanza.

Acá nació Milton. El no conoció a su padre, su madre lo crio a él y a su 5 hermanos sola. Sin ayuda de nadie. Milton estudió hasta tercer grado, luego su madre le puso un canasto en la cabeza y se lo llevó con ella a vender fruta y verdura para poder darle de comer a sus hermanos. Jamás alcanzó para comprarle zapatos a Milton, así que iba por los caminos con unas sandalias de hule que en realidad eran  de mujer. Nunca hubo  nada para Milton acá. Si el  moría, como murió su hermana de tres meses de nacida, no sucedería nada. Quizá nadie, a parte de su madre y sus hermanos y hermanas, lo hubiese notado. Quedaría como un bulto desconocido enterrado en el cementerio municipal de Quezaltepeque. A él nunca lo dejaron jugar, era el mayor y tenía que trabajar así que no tiene amigos en la Coyotera ni conoce un lugar más lejano que el mercado del centro del municipio.  En términos prácticos Milton ya está muerto. Socialmente muerto, nació así. Ni el Estado ni la sociedad tuvimos nada para Milton. No tiene nada que agradecernos.

Sin embargo en la Coyotera hay un grupo de muchachos poderosos. Son miembros de una de las pandillas más grandes y más antiguas del mundo, el Barrio 18 o Eigtheenth street. Fundada en un lugar muy lejano y muy distinto a la Coyotera mucho muuucho antes que estos muchachos nacieran.  Estos chicos son temidos y respetados por todos. Mantienen una guerra-juego con sus enemigos de la Mara Salvatrucha 13 que no están muy lejos de acá.  Milton, como todos los chicos de este cerro empobrecido, tuvo  dos opciones: Seguir siendo quien era, es decir nadie, seguir paseándose con sus sandalias de hule y su existencia desnutrida a merced de los mosquitos, la enfermedad y la pobreza, o acercarse a los miembros del Barrio 18. Milton escogió lo último. Los dieciocheros Le pidieron  su nombre, común y sin importancia, y le dieron  uno genial que suena extranjero, al norte, Se llamará Psyco y cuando el Psyco camina, los demás deben bajar la mirada.  Ahora  el Psyco no tiene que pagar por lo que quiere, puede tomar lo que necesite. Se acabaron las calurosas faenas, ahora el Psyco puede ganar en un día de extorsión  lo que ganaba en una semana siendo Milton y trabajando en las milpas o vendiendo fruta y verdura con su mamá.  

Las chicas ahora saben quién es el Psyco y quieren estar con él. A su madre nadie le levanta chambres ni la insultan…. Nadie haría eso con la madre del Psyco.  Adiós a las sandalias de mujer. Ahora usa zapatos blancos de marca, no una marca muy cara, pero de marca al fin y al cabo.  Milton no tenía enemigos, nunca llego a ser tan importante para alguien como para considerarlo una amenaza. Al Psyco lo buscan varios para matarlo. Tiene de enemigos a toda una pandilla enorme llamada Mara Salvatrucha 13. Si estos lograran matarlo, sus homeboys lo llorarían y le harían homenaje. Pintarían su nombre en las paredes del municipio y en las piedras y arboles de la Coyotera  (acá no hay paredes que pintar). Llevarían su nombre tatuado para siempre sobre sus cuerpos. Esto para alguien que ya nació muerto es atractivo, es necesario. Al Psyco lo pueden capturar los policías y meterlo por años a un horrible penal. Esto nos asusta a nosotros, pero no a él. La casucha en la que creció no era muy distinta, el catre que compartió con sus hermanos era  quizá menos cómodo que el que tendrá adentro.

A este muchacho el Estado y la sociedad, o sea nosotros, le pedimos que nos tenga compasión, que no nos ataque, que no nos quemen vivos. ¿Acaso tuvo compasión de él el  señor que lo violó en una vereda cuando era niño y vendía fruta para mantener a sus hermanos? Le pedimos que se conforme con trabajar de peón y morirse de hambre, le decimos que tenga una vida honrada, recta y le llamamos tonto y descarrilado por meterse a la pandilla. Además le pedimos a nuestro gobierno que lo asesine, que se apruebe la pena de muerte, que lo aprese y lo encierren en calabozos macabros (como son los todos los penales salvadoreños).  En todo caso, para perdonarle su tremendo error de ser pandillero, le pedimos que se sumerja en la lógica capitalista y que se pudra en una maquila por el resto de su vida. Le pedimos a Milton que se crea la patraña de que “quien se esfuerza y le pide a dios sale a adelante”.  Nuestro Estado responde que está haciendo cosas, de hecho ahí mismo, cerca de la Coyotera tuvo un pomposo programa de “prevención comunitaria de la violencia” financiado por no sé cual país de Europa  que consistía en donar un par de pelotas y organizar partiditos de futbol… Milton nunca pudo ir porque tenía que trabajar. En el caso de haber ido seguro no cambiaba nada. Salvo un número más en los informes de los financiadores y uno o dos dólares menos para la cena de su casa.

En realidad la decisión de Milton es lógica, tiene sentido. De hecho esta decisión camina sobre las reglas liberales más básicas de occidente, que nos dicen que debemos tomar decisiones en función de nuestro beneficio y del incremento del bienestar personal. Pues bueno Milton lo hizo. 

Mientras el Psyco a fuerza de terror y barbarie va matando lo que queda de Milton, nosotros continuamos con nuestra hipocresía frenética  pidiéndole a Milton que se “reinserte”, que se “rehabilite”  es decir que vuelva a ser parte productiva de la sociedad ¡que vuelva a ser pieza importante de nuestro engranaje social!.... como si alguna vez lo hubiese sido, como si lo hubiésemos dejado serlo.

La Coyotera sigue igual y estoy seguro que no cambiara gran cosa en los otros 100 mil años, la gente sigue temiéndole más a los coyotes extintos que a las devastadoras epidemias que cargan en su vuelo las moscas y los zancudos. Le temen más a los furiosos cánidos imaginarios que a la jauría de muchachos frustrados y desamparados que tomaron una decisión lógica, inteligente y liberal.  

(*) El autor es antropólogo, y ha estudiado el fenómeno de pandillas en El Salvador.

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