Juan José Martínez D'Aubuisson (*)
La gente que habita la Coyotera
vive con miedo. En un primer momento de
los coyotes. Dicen que estos cánidos llegan en manadas asesinas y que uno solo de
ellos tiene la furia de 15 perros, de los perros más bravos, y que por la noche merodean en los cerros desolados
en busca de tunantes y viajeros perdidos para devorarlos. También dicen que los
coyotes se meten en los patios y se comen las gallinas y los patos. Es un lugar
peligroso la Coyotera de Quezaltepeque. Sin embargo nadie nunca ha visto un
coyote, y de todos mis informantes que viven ahí ninguno ha conocido nunca a alguien que si
haya visto un coyote. Lo que si hay son moscas, miles de moscas que vuelan por
doquier durante el día y que solo cesan su molesto aletear por las noches,
cuando son sustituidas por un enjambre de zancudos hambrientos. A estos la
gente ya no les teme, al menos no tanto como a los coyotes, quizá ya estén
acostumbrados.
En este cerro no llega el agua y por supuesto
no llega la luz eléctrica, y si de que no haya se trata, tampoco hay sistema de
aguas negras, ni servicio de recolección de basura, ni alumbrado público. Lo
que la coyotera tiene no se diferencia mucho de lo que tuvieron los cerros que
albergaron a los primeros homo sapiens hace 100 mil años. Mucha de la gente que
vive ahora acá fueron reubicados de otros lugares igual de miserables y el
Estado les adjudicó un pedazo de tierra en este cerro en donde ellos debían
arreglárselas para hacer crecer una casa o al menos un refugio. Hasta ahí llegó
el Estado, luego se retiró y solo vuelve a aparecer de vez en cuando en forma de patrulla de la policía o en forma
de soldados encapuchados en busca de delincuentes.
En la coyotera la gente no tiene
dinero, apenas reúnen cada mes para no morir de hambre. Algunos venden frutas y
verduras en el mercado del municipio, otros esperan que sea tiempo de cosechas
y se ofrecen para trabajar en las milpas o los frijolares por 4 dólares el
medio día. En la casa de Milton tres o cuatro días del mes no comen más que
frutas robada de algún árbol o agua hervida con sal y alguna hierba silvestre.
Lo que gana la madre de Milton no es suficiente para comer todos los días,
mucho menos para comer todos los días tres veces.
En la coyotera no hay servicios
de salud. Si alguien tiene una emergencia
deben caminar durante tres horas para llegar a un sitio donde llega bus,
y de ahí viajar hasta el centro del municipio por calles solitarias y
pedregosas. Todo es pobre acá. El Estado no tiene más instalación que un par de
postes de alta tensión que llevan cables hacia otro lugar y una escuela
maltrecha gobernada por un director déspota que abusa impunemente de las chicas
y da tremendas palizas a los chicos. A este lugar los niños y los jóvenes deben caminar por
caminos de mulas llenos de polvo si es verano o llenos de barro si es invierno.
Esto los que estudian; apuntemos que la
coyotera está repleta de desertores del sistema escolar que
deambulan como un ejército de vagabundos por los montes en busca de alguna fruta o
gallina que robarse. Mientras más se adentra uno en la Coyotera más parece que
no hay esperanza.
Acá nació Milton. El no conoció a
su padre, su madre lo crio a él y a su 5 hermanos sola. Sin ayuda de nadie.
Milton estudió hasta tercer grado, luego su madre le puso un canasto en la
cabeza y se lo llevó con ella a vender fruta y verdura para poder darle de
comer a sus hermanos. Jamás alcanzó para comprarle zapatos a Milton, así que
iba por los caminos con unas sandalias de hule que en realidad eran de mujer. Nunca hubo nada para Milton acá. Si el moría, como murió su hermana de tres meses de
nacida, no sucedería nada. Quizá nadie, a parte de su madre y sus hermanos y
hermanas, lo hubiese notado. Quedaría como un bulto desconocido enterrado en el
cementerio municipal de Quezaltepeque. A él nunca lo dejaron jugar, era el
mayor y tenía que trabajar así que no tiene amigos en la Coyotera ni conoce un
lugar más lejano que el mercado del centro del municipio. En términos prácticos Milton ya está muerto.
Socialmente muerto, nació así. Ni el Estado ni la sociedad tuvimos nada para
Milton. No tiene nada que agradecernos.
Sin embargo en la Coyotera hay un
grupo de muchachos poderosos. Son miembros de una de las pandillas más grandes
y más antiguas del mundo, el Barrio 18 o Eigtheenth street. Fundada en un lugar
muy lejano y muy distinto a la Coyotera mucho muuucho antes que estos muchachos
nacieran. Estos chicos son temidos y
respetados por todos. Mantienen una guerra-juego con sus enemigos de la Mara
Salvatrucha 13 que no están muy lejos de acá. Milton, como todos los chicos de este cerro
empobrecido, tuvo dos opciones: Seguir
siendo quien era, es decir nadie, seguir paseándose con sus sandalias de hule y
su existencia desnutrida a merced de los mosquitos, la enfermedad y la pobreza,
o acercarse a los miembros del Barrio 18. Milton escogió lo último. Los
dieciocheros Le pidieron su nombre,
común y sin importancia, y le dieron uno
genial que suena extranjero, al norte, Se llamará Psyco y cuando el Psyco
camina, los demás deben bajar la mirada.
Ahora el Psyco no tiene que pagar
por lo que quiere, puede tomar lo que necesite. Se acabaron las calurosas
faenas, ahora el Psyco puede ganar en un día de extorsión lo que ganaba en una semana siendo Milton y
trabajando en las milpas o vendiendo fruta y verdura con su mamá.
Las chicas ahora saben quién es
el Psyco y quieren estar con él. A su madre nadie le levanta chambres ni la
insultan…. Nadie haría eso con la madre del Psyco. Adiós a las sandalias de mujer. Ahora usa
zapatos blancos de marca, no una marca muy cara, pero de marca al fin y al
cabo. Milton no tenía enemigos, nunca
llego a ser tan importante para alguien como para considerarlo una amenaza. Al Psyco
lo buscan varios para matarlo. Tiene de enemigos a toda una pandilla enorme
llamada Mara Salvatrucha 13. Si estos lograran matarlo, sus homeboys lo
llorarían y le harían homenaje. Pintarían su nombre en las paredes del
municipio y en las piedras y arboles de la Coyotera (acá no hay paredes que pintar). Llevarían su
nombre tatuado para siempre sobre sus cuerpos. Esto para alguien que ya nació
muerto es atractivo, es necesario. Al Psyco lo pueden capturar los policías y
meterlo por años a un horrible penal. Esto nos asusta a nosotros, pero no a él.
La casucha en la que creció no era muy distinta, el catre que compartió con sus
hermanos era quizá menos cómodo que el
que tendrá adentro.
A este muchacho el Estado y la sociedad,
o sea nosotros, le pedimos que nos tenga compasión, que no nos ataque, que no
nos quemen vivos. ¿Acaso tuvo compasión de él el señor que lo violó en una vereda cuando era
niño y vendía fruta para mantener a sus hermanos? Le pedimos que se conforme
con trabajar de peón y morirse de hambre, le decimos que tenga una vida
honrada, recta y le llamamos tonto y descarrilado por meterse a la pandilla.
Además le pedimos a nuestro gobierno que lo asesine, que se apruebe la pena de
muerte, que lo aprese y lo encierren en calabozos macabros (como son los todos
los penales salvadoreños). En todo caso,
para perdonarle su tremendo error de ser pandillero, le pedimos que se sumerja
en la lógica capitalista y que se pudra en una maquila por el resto de su vida.
Le pedimos a Milton que se crea la patraña de que “quien se esfuerza y le pide
a dios sale a adelante”. Nuestro Estado
responde que está haciendo cosas, de hecho ahí mismo, cerca de la Coyotera tuvo
un pomposo programa de “prevención comunitaria de la violencia” financiado por
no sé cual país de Europa que consistía
en donar un par de pelotas y organizar partiditos de futbol… Milton nunca pudo
ir porque tenía que trabajar. En el caso de haber ido seguro no cambiaba nada.
Salvo un número más en los informes de los financiadores y uno o dos dólares
menos para la cena de su casa.
En realidad la decisión de Milton
es lógica, tiene sentido. De hecho esta decisión camina sobre las reglas
liberales más básicas de occidente, que nos dicen que debemos tomar decisiones
en función de nuestro beneficio y del incremento del bienestar personal. Pues bueno
Milton lo hizo.
Mientras el Psyco a fuerza de
terror y barbarie va matando lo que queda de Milton, nosotros continuamos con
nuestra hipocresía frenética pidiéndole
a Milton que se “reinserte”, que se “rehabilite” es decir que vuelva a ser parte productiva de
la sociedad ¡que vuelva a ser pieza importante de nuestro engranaje social!....
como si alguna vez lo hubiese sido, como si lo hubiésemos dejado serlo.
La Coyotera sigue igual y estoy
seguro que no cambiara gran cosa en los otros 100 mil años, la gente sigue
temiéndole más a los coyotes extintos que a las devastadoras epidemias que
cargan en su vuelo las moscas y los zancudos. Le temen más a los furiosos
cánidos imaginarios que a la jauría de muchachos frustrados y desamparados que
tomaron una decisión lógica, inteligente y liberal.
(*) El autor es antropólogo, y ha estudiado el fenómeno de pandillas en El Salvador.