domingo, 27 de julio de 2014

Domingo 27 de Julio: Juventud, Violencia, e Impunidad

Por que Fernando, y no yo


Héctor H. Silva (*)

Él era salvadoreño, como yo. Nuestra diferencia de edad era de poco menos de un año. Los dos compartíamos el gusto por el fútbol, solo que él lo jugaba mejor que yo. Los domingos, él iba a catecismo. El domingo 6 de julio, no fue porque en su casa había dinero para el pasaje, pero no para el almuerzo, entonces llevó a pastar el ganado de su familia. Él vivía en Armenia, Sonsonate. Yo siempre viví en San Salvador y solo me subí en buses cuando iba con mi abuela a su casa en Ilopango. A él lo mataron.  Yo solo leí la noticia del asesinato.

A Fernando Adalberto Mira le quitaron la vida unos supuestos pandilleros con siete impactos de bala, un día antes de su decimo-séptimo cumpleaños. Su delito: ser joven y quizá cruzar una de las tantas fronteras invisibles con las cuales los pandilleros se han repartido El Salvador.

Él no era pandillero. La nota del periódico dice que era el delantero estrella de tres o cuatro equipos amateur de la zona, que era buen hijo y una buena persona, pero en El Salvador eso importa todo y nada. La esperanza de vida de un joven salvadoreño depende de su condición económica. Por ejemplo, sus talentos y cualidades, que podrían salvarlo de la muerte, solo importan si su familia tiene los recursos económicos para desarrollarlos.

Fernando pude haber sido yo, pero no fui yo porque desde el día en que nacimos salvadoreños, ambos teníamos caminos diferentes trazados; caminos trazados por una sociedad y un estado incapaces de ver más allá del dinero, las influencias y el estrato social.
Lamentablemente, estoy casi seguro que si él estuviera vivo, no hubiera tenido la oportunidad influir en las políticas de seguridad que lo afectarían a él y a su familia. Él nunca hubiera tenido la oportunidad de escribir una columna de estas. Y al fin, ese es, como estado y sociedad, nuestro segundo problema. No solo marcamos y trazamos el camino de vida de una persona desde su nacimiento por sus recursos económicos y su posición social, sino que también nos sentimos libres de tomar todo tipo de decisiones por ellos, sin preguntar.

Me pregunto qué diría la madre de Fernando, o los padres de David, el niño de 10 años a quien desmembraron porque sí, o los familiares de quienes murieron quemados en el micro-bus en Mejicanos sobre la aplicación de justicia en su “país”-que es no es el mismo país donde vive el funcionario público en la entrevista de las seis-. No importa, probablemente nadie se los va a preguntar; no hacerlo a mi juicio es un error. Deberíamos  tomar en cuenta y dedicar más atención a lo que tienen que decir las personas afectadas por la violencia.

No podemos como sociedad y país, asignarle a la gente su destino desde que nace basado en dinero y apellidos, y de paso, tomar las decisiones, y hablar de todo lo que les afecta, sin tomarlos en cuenta.

Mientras yo escribo sobre la vida y la muerte de Fernando, miles como él y como yo, ahora están enterrados. Quién sabe si solos o acompañados. Así nos dejo El Salvador, lejos; A él, y a los más de 2,000 que van este año, muertos, y a nosotros preguntándonos por qué los mataron.

Planeta Nueve es un nuevo espacio de debate, para todos. Espero, como editor de este blog, algún día tener el honor de contar con un colaborador como Fernando. Alguien que sepa de lo que está hablando, y a quien realmente le importe lo que dice.

Cada dos semanas, diferentes editores propondrán temas para discutir e invitarán a dos colaboradores para hablar sobre dicho tema. Este domingo, hablamos de jóvenes, de violencia y de impunidad, que lastimosamente, en nuestro país, parecen estar atados porque sí.

Los invito a leer las próximas dos entradas. El Liberalismo del Psyco, de Juan Martínez, quien desde su perspectiva antropológica explica las motivaciones de un joven salvadoreño para convertirse en pandillero, y La Impunidad, una Vieja Conocida, de Gracia Avilés, quien como estudiante de derecho, analiza, por medio del caso Katya Miranda, la longevidad de la impunidad salvadoreña, y los efectos que esta ha tenido en en nuestra sociedad.

(*) El autor es estudiante de comunicaciones en la Universidad de Massachusetts

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