Buenos
Aires
– Ver a nuestro país desde afuera hace pensar demasiado. Desde
Suramérica es posible caer en la cuenta que, en realidad, somos un
país demasiado pequeño para la cantidad de problemas que tenemos.
Tristemente,
El Salvador es un nombre desconocido para la mayoría de
suramericanos y lo poco que se sabe de nosotros es que somos parte de
la región más peligrosa del mundo, que somos del grupo de países
más pobres del continente y que nos encontramos aislados entre dos
bloques territoriales que piensan diferente.
La
sensación que queda al compararnos con el resto de países de la
región puede ser bastante pesimista. Pero, a pesar de las enormes
diferencias entre nuestro pequeño El Salvador y las naciones de
América del Sur, es posible encontrar algunas coincidencias: la
pobreza y la desigualdad son parte de la cotidianidad, la búsqueda
del desarrollo es una incesante tarea y la tradicional manera de
hacer política es cuestionada por la mayoría de ciudadanos.
Quizás
por mero idealismo, lo anterior obliga a pensar: ¿qué hacer para
cambiar las cosas?
Bajo estas condiciones –que describen casi a cabalidad la realidad salvadoreña–ha crecido toda una generación de jóvenes, que han comenzado a expresarse desde todos los ámbitos. Esta generación sabe reconocer que cosas no se han estado haciendo bien y muchos de estos jóvenes han decidido intentar cambiar las cosas desde su propia realidad.
Bajo estas condiciones –que describen casi a cabalidad la realidad salvadoreña–ha crecido toda una generación de jóvenes, que han comenzado a expresarse desde todos los ámbitos. Esta generación sabe reconocer que cosas no se han estado haciendo bien y muchos de estos jóvenes han decidido intentar cambiar las cosas desde su propia realidad.
Grandes
movilizaciones estudiantiles a favor de la educación en Chile,
impresionantes manifestaciones para reestructurar la inversión
pública en Brasil, el nacimiento de un partido político basado en
la participación ciudadana en redes sociales en Argentina; este
nuevo dinamismo que impregna las sociedades suramericanas es el que
se necesita en El Salvador.
No
hay duda que poco a poco ha comenzado a impregnar a los jóvenes
salvadoreños más críticos, que ya sea por su formación académica
o por la dura realidad en la que se encuentran, desean hacer algo
para mejorar las condiciones en las que viven demasiadas personas.
Han nacido organizaciones juveniles de todo tipo, que van desde el
desarrollo artístico hasta la construcción de viviendas o la
promoción religiosa, pasando por otras – más novedosas- con
objetivos políticos más claros. Sin embargo, los esfuerzos aún son
muy tímidos.
A
diferencia de Argentina, por ejemplo, en donde la militancia
partidaria es casi generalizada, nuestra nación ha generado muchos
anticuerpos a la participación y organización de todo tipo. Puede
ser esto uno de los legados indirectos de la guerra civil, pero uno
de los que más han incidido en nuestra sociedad, porque a pesar que
la participación política o social fue algo que imperó en el país
en las últimas décadas del siglo pasado, es algo novedoso para la
actual generación de jóvenes.
Aunque
los jóvenes salvadoreños han demostrado autenticidad en sus
afirmaciones y principios, a través del diálogo entre
organizaciones, la elaboración de propuestas desde la ciudadanía y
la producción de nuevos liderazgos; no será posible concretar una
transformación de la política, de las injusticias y de la realidad,
si no se comienza a buscar verdaderos mecanismos de incidencia en la
toma de decisiones, en cualquier de sus ámbitos, ya sean
político-institucionales o desde la sociedad civil.
Se
ha comenzado a tener voluntad, pero aún faltan acciones claras,
decididas y sobre todo provocadoras hacia nuestros actuales líderes.
Se sabe que el diálogo y los difíciles consensos son la base para
pensar en un El Salvador diferente. Pero, aún no hemos podido
motivar a más jóvenes a cambiar su realidad, a acercarse a las
necesidades de la población más necesitada y a atreverse a tratar
de solventarlas.
Como
país, nuestro mayor orgullo son los Acuerdos de Paz, por el simple
hecho que para poder buscar una solución a las necesidades
nacionales decidimos ponernos de acuerdo. Ahora, el reto de nuestra
generación es volver a los problemas de la gente en temas de interés
político, buscando nuevos acuerdos nacionales, más inclusivos, para
poder comenzar a ver a El Salvador con otros ojos; más
esperanzadores.
(*) El autor es estudiante de políticas publicas en Argentina
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