sábado, 9 de agosto de 2014

El Salvador: Una mirada muy desde el Sur

Héctor Pacheco (*)

Buenos Aires – Ver a nuestro país desde afuera hace pensar demasiado. Desde Suramérica es posible caer en la cuenta que, en realidad, somos un país demasiado pequeño para la cantidad de problemas que tenemos.

Tristemente, El Salvador es un nombre desconocido para la mayoría de suramericanos y lo poco que se sabe de nosotros es que somos parte de la región más peligrosa del mundo, que somos del grupo de países más pobres del continente y que nos encontramos aislados entre dos bloques territoriales que piensan diferente.

La sensación que queda al compararnos con el resto de países de la región puede ser bastante pesimista. Pero, a pesar de las enormes diferencias entre nuestro pequeño El Salvador y las naciones de América del Sur, es posible encontrar algunas coincidencias: la pobreza y la desigualdad son parte de la cotidianidad, la búsqueda del desarrollo es una incesante tarea y la tradicional manera de hacer política es cuestionada por la mayoría de ciudadanos.
Quizás por mero idealismo, lo anterior obliga a pensar: ¿qué hacer para cambiar las cosas?

Bajo estas condiciones –que describen casi a cabalidad la realidad salvadoreña–ha crecido toda una generación de jóvenes, que han comenzado a expresarse desde todos los ámbitos. Esta generación sabe reconocer que cosas no se han estado haciendo bien y muchos de estos jóvenes han decidido intentar cambiar las cosas desde su propia realidad. 

Grandes movilizaciones estudiantiles a favor de la educación en Chile, impresionantes manifestaciones para reestructurar la inversión pública en Brasil, el nacimiento de un partido político basado en la participación ciudadana en redes sociales en Argentina; este nuevo dinamismo que impregna las sociedades suramericanas es el que se necesita en El Salvador. 

No hay duda que poco a poco ha comenzado a impregnar a los jóvenes salvadoreños más críticos, que ya sea por su formación académica o por la dura realidad en la que se encuentran, desean hacer algo para mejorar las condiciones en las que viven demasiadas personas. Han nacido organizaciones juveniles de todo tipo, que van desde el desarrollo artístico hasta la construcción de viviendas o la promoción religiosa, pasando por otras – más novedosas- con objetivos políticos más claros. Sin embargo, los esfuerzos aún son muy tímidos. 

A diferencia de Argentina, por ejemplo, en donde la militancia partidaria es casi generalizada, nuestra nación ha generado muchos anticuerpos a la participación y organización de todo tipo. Puede ser esto uno de los legados indirectos de la guerra civil, pero uno de los que más han incidido en nuestra sociedad, porque a pesar que la participación política o social fue algo que imperó en el país en las últimas décadas del siglo pasado, es algo novedoso para la actual generación de jóvenes. 

Aunque los jóvenes salvadoreños han demostrado autenticidad en sus afirmaciones y principios, a través del diálogo entre organizaciones, la elaboración de propuestas desde la ciudadanía y la producción de nuevos liderazgos; no será posible concretar una transformación de la política, de las injusticias y de la realidad, si no se comienza a buscar verdaderos mecanismos de incidencia en la toma de decisiones, en cualquier de sus ámbitos, ya sean político-institucionales o desde la sociedad civil. 

Se ha comenzado a tener voluntad, pero aún faltan acciones claras, decididas y sobre todo provocadoras hacia nuestros actuales líderes. Se sabe que el diálogo y los difíciles consensos son la base para pensar en un El Salvador diferente. Pero, aún no hemos podido motivar a más jóvenes a cambiar su realidad, a acercarse a las necesidades de la población más necesitada y a atreverse a tratar de solventarlas.

Como país, nuestro mayor orgullo son los Acuerdos de Paz, por el simple hecho que para poder buscar una solución a las necesidades nacionales decidimos ponernos de acuerdo. Ahora, el reto de nuestra generación es volver a los problemas de la gente en temas de interés político, buscando nuevos acuerdos nacionales, más inclusivos, para poder comenzar a ver a El Salvador con otros ojos; más esperanzadores.

(*) El autor es estudiante de políticas publicas en Argentina

No hay comentarios:

Publicar un comentario