Pequeño País, Gran Hacienda
Oscar Alvarenga (*)
En nuestro mundo moderno a veces cuesta trabajo pensar la relativa juventud de nuestro sistema actual.
No se
cumplen ni siquiera 200 años desde aquel 15 de septiembre de 1821
cuando luego de una ardua batalla por lograr la independencia, un
pequeño territorio en Centro América lograba quitarse al fin sus
cadenas. Inspirados por los héroes de Francia, nuestros lideres
formar una nación con total autonomía, libre de la poderosa España
de aquello tiempos. Nace finalmente, la República de El Salvador.
A
nuestro pequeño país le ha tocado soportar abuso por siglos ya, a
veces extranjero, a veces doméstico. Primero, los colonizadores,
quienes hicieron con El Salvador lo que quisieron, mientras inflaban
su bolsillo en nombre de España. No había forma de salvarse de
aquel sistema de robo y abuso, puesto que ellos imponían sus reglas
para que los nativos produjeran sus bienes, derivados de la explotable
tierra. Nuestro pequeño país, que aún debía soportar más, no
tenía idea lo que venia por delante.
Quisiera
preguntarle a los padres de la independencia, ¿Fundaron la patria
con amor o con interés? Pero no, por que no es posible señalar a
unos pobres hombres de todas las deficiencias de un Estado.
El
Salvador, desde su fundación se cimentó sobre los hombros de unas
cuantas familias, solo unas cuantas personas de entre millones de
compatriotas que lograron hacerse con lo que los Españoles antes
poseían, el poder económico y social sobre el territorio.
Pareciera
a veces, que estamos viviendo la misma historia, con la única
diferencia que los colonizadores y los indígenas, esta vez comparten
nacionalidad e idioma. ¿Será que el único cambio, al firmar la
independencia fue que dejamos de ser una colonia de la cual se
beneficiaban algunos españoles para pasar a ser una nación de la
cual se benefician unas cuantas familias?
Es
insostenible, para un país, utilizar el modelo de pirámide invertida
que El Salvador ha adoptado. Abajo, las familias prácticamente dueñas
del país, sosteniendo todo, pero al mismo tiempo, quedándose con
todo; y arriba, las familias obreras, de las cuales la parte baja, y
media de la piramide se alimentan. Prueba de esta insostenibilidad es
nuestro sistema express de exportación de pobres. Decenas de miles
de personas dejan su querido El Salvador cada año, por que este no
tiene nada que ofrecerles, o quizás si, pero esta ocupado por la
punta de la pirámide.
El
problema, no es solo la insostenibilidad del modelo económico, sino
sus repercusiones sociales. Al igual que hace un par de siglos, esta élite no solo controla la economía nacional; también por
consecuente, controlan la política, la seguridad publica, la
gobernabilidad. Todo. Suena muy parecido a la vida antes de 1821.
La
interrogante de esta reflexión es la siguiente ¿vivimos en un
pequeño país o en una gran hacienda destinada a hacer dinero? Por
suerte ningún sistema es definitivo y como sociedad tenemos el poder
para cambiarlo antes de que sea demasiado tarde y todo lo que hemos
construido colapse. De nada servirá quedarnos sentados esperando que
nuestro gobierno arregle todo, ya que nosotros somos la parte más
importante de nuestro gobierno, aún que a veces a lo gobernantes eso
se les olvide.
(*) El autor es coordinador de Planeta Nueve
Totalmente de acuerdo. Somos tan solo una hacienda. Aquí los que tienen el poder adquisitivo siguen comprando hasta voluntades. Los jóvenes tenemos que hacer la diferencia y procurar un nuevo El Salvador
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