Un Mínimo Cambio Apenas, Disimulado
Hector Silva Hernández (*)
Algunos huyen de la pobreza, otros
de la muerte, otros le huyen a la nada. Cuando vienen, conocen el frío de
verdad; conocen la soledad, algunos; A la desigualdad se la encuentran
diversificada y sofisticada. Ahora ya no solo son desiguales por su pobreza,
ahora también lo son por su apariencia, su acento y su historia. A su llegada,
muchas cosas cambian, pero muchas se quedan igual.
La “mejor vida” que buscan se
materializa en un sótano, o si tienen suerte en un apartamento pequeño, en el
que viven apretujados con otros quienes al igual que ellos, buscan ese futuro
esplendor y esa posibilidad lejana de caminar erguido sin temor, como dice la
canción de Ana Tijoux. Se materializa también en trabajar mucho por
“poco”. Ser salvadoreño en los Estados
Unidos de América suele ser difícil.
Mi casa tiene aire acondicionado
en el verano y calefacción en el invierno; Solo la comparto con mi familia.
Tenemos un carro, y aun que mis padres trabajan todos los días para darnos esas
comodidades y más a mis hermanas y a mí, sé que somos privilegiados, muy
privilegiados en comparación a los salvadoreños que viven en Langley Park, la
zona latina a veinte minutos de la que fue mi casa por cinco años antes de
mudarme este otoño a la Universidad de
Massachusetts.
Mi vida no es la de un salvadoreño
promedio en el área metropolitana de Washington, porque antes de venir, tuve
una diversidad de oportunidades que mi país no le ofrece a muchos de sus hijos.
Los conozco, porque fuimos a la misma escuela, jugábamos en los mismos equipos
y comíamos la misma comida semi-congelada de cafetería escolar, pero sus
historias no son las mías. Aunque todos fuimos a la misma escuela, basta entrar
a los salones de las clases de “Nivel Avanzado”, y ver diez caras blancas, dos
morenas y con suerte una o dos negras, para entender la desigualdad a la que la
mayoría jóvenes latinos se enfrenta cada
día en este país. El mismo efecto funciona al revés cuando se entra a los
salones de clases de “Nivel Básico” donde el color de las caras cambia
drásticamente, al revés. Esa desigualdad tiene sus ventajas, para algunos. En
este país, si un joven latino tiene notas que se consideran promedio para un
joven blanco, se le felicita, y se le califica de excelente. Los profesores
piden menos de los latinos, la escuela también, y las universidades hacen lo
mismo.
En cuanto a seguridad, el
salvadoreño promedio tiene indudablemente mejores chances de sobrevivir en el
norte que en su país. En muchos casos, a la hora de ser perseguidos,
lastimosamente los chances de los migrantes no cambian; cambian los
perseguidores y su naturaleza, pero nunca la persecución. Los que persiguen en
el caso de los estados del sur estadounidense ya no son pandilleros, sino
hombres uniformados, con placas, y pistolas en la cintura. En comparación con
sus predecesores, el presidente Obama con su discurso conciliador y “justo” ha
sido el mandatario que más salvadoreños ha deportado a estas alturas de su
gestión. Los uniformados con placa no matan con sus armas a los que persiguen,
solo los mandan de regreso a los reinados de los que si matan. Sin embargo,
sería injusto no mencionar que eso no pasa en todo el país. Se podría decir que
Maryland, por ejemplo, es un estado “seguro” donde las deportaciones no son tan
comunes como en Virginia, a 30 minutos de distancia de la capital, o Arizona y
Texas, estados sureños con un importante flujo de migrantes.
Este texto, por supuesto, no
estaría completo sin hablar de la gran economía estadounidense de la cual
nuestro país tanto se beneficia. En Estados Unidos un salvadoreño puede ganar
cuatro veces más dinero haciendo lo mismo que hacía en El Salvador, aunque una
casa decente también cueste cuatro veces más de lo que una casa igual cuesta en
El Salvador. Esta economía que permite que El Salvador viva, consume a la
señora que limpia casas, y al hombre que construye edificios, igual que en su
país, pero está bien, no importa, como está escrito anteriormente, esas vidas
se consumen por cuatro veces más capital.
A mi Estados Unidos me trato bien,
después de las inevitables burlas por mi acento, y mi apariencia extranjera, me
fue amable. Luego de cuatro años en una escuela donde el tema de conversación
cambiaba tan fácilmente del muchacho quien fue apuñalado en territorio escolar,
a la victoria del equipo de futbol, aprendí mucho, mucho más de lo que creo
pude haber aprendido académicamente en mi país. Esa escuela tan “diversa” como
la llaman las autoridades del municipio, cuya población es 45% latina, me
sirvió como modelo de como este país funciona en ciertos aspectos. Se dice que
la escuela es diversa, por ejemplo, pero de ese 45% de “diversidad” menos del
7% toma clases de “Nivel Avanzado”. Aun con eso, sería injusto quejarme de mi
experiencia en este país, que si bien ha sido difícil, ha traído muchas
recompensas. Pero como dije al principio, mi vida no es la vida de un
salvadoreño promedio en Estados Unidos, aunque estudiemos en el mismo lugar y
vivamos a menos de media hora de distancia.
Para el Salvadoreño que reside en
Langley Park, vivir en Estados Unidos es más seguro, porque si bien cada dos o
tres meses las noticias hablan de masacres de decenas de personas en cines,
universidades, o escuelas, es mucho menos probable ser extorsionado o asesinado
en la calle por que sí. Es también más rentable económicamente trabajar en
Estados Unidos que en El Salvador, porque aunque la vida sea mucho más cara, el
dinero siempre será más. La desigualdad social es la única que no tiene matiz,
porque esta tan presente aquí como allá. El cambio es abismal, indudablemente,
pero al mismo tiempo, no lo es.
***
Ahora, los invito a leer a nuestra
columnista invitada, Arelí Palomo, quien nos cuenta la historia de un puerto
perdido y olvidado de nuestro país, en el cual todas las flechas apuntan al norte. El miércoles, publicaremos
un suplemento especial con una columna de un colaborador especial; un migrante
salvadoreño y su historia. Finalmente, el sábado publicaremos nuestra
entrevista exclusiva con Natalie Coughlin, medallista olímpica para el equipo
de natación estadounidense, a quien The
New Yorker comparó con Michael Phelps, el nadador más exitoso de la
historia.
(*)
El autor es estudiante de comunicaciones
en la Universidad de Massachusetts
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